En su libro Amar lo que es, Byron Katie se pregunta hasta qué punto podemos considerar verdad nuestros pensamientos, aunque nuestra mente los tome como una realidad incuestionable.

Un hombre que se ha convencido de que su compañero de trabajo le espía, por ejemplo, aunque no tenga ninguna prueba puede llegar a ver a su enemigo al otro lado de la pared, infiltrándose en su ordenador, e imaginar toda clase de complots contra él.

Gran parte de los problemas que tenemos en la vida ¾de hecho, casi todos¾, tienen su origen en nuestros pensamientos. Creer algo o interpretar de cierto modo una situación puede llevarnos a vivir reacciones emocionales sin control.

Un ejemplo clásico que se cita es el de Paul Watzlawick en su clásico El arte de amargarse la vida:

Un hombre quiere colgar un cuadro. Tiene un clavo, pero le falta el martillo. El vecino tiene uno, de modo que decide pedirle al vecino que le preste el martillo. Pero le asalta una duda:

Y si no quiere prestármelo? Ahora recuerdo que ayer me saludó como distraído. Quizá tenía prisa. Pero quizá la prisa no era más que un pretexto, y el hombre alberga algo contra mí. ¿Qué puede ser? Yo no he hecho nada. Algo se le habrá metido en la cabeza. Si alguien me pidiese prestada cualquier herramienta yo se la dejaría enseguida. ¿Por qué no ha de hacerlo él también? ¿Cómo puede uno negarse a hacer un favor tan sencillo a otro? Tipos como este le amargan a uno la vida. Y seguro que se piensa que dependo de él. Y todo porque tiene un martillo. Desde luego, ¡es el colmo!

De modo que el hombre sale precipitadamente hacia la casa del vecino. Toca el timbre. Se abre la puerta, y antes de que el vecino tenga tiempo de decir «buenos días», el hombre le grita furioso:

¿Sabe lo que le digo? ¡Que se puede usted quedar con su martillo, sinvergüenza!

Sobre este caso práctico, Watzlawick concluye: «Llevar una vida amargada lo puede cualquiera, pero amargarse la vida a propósito es un arte que se aprende».

Para no acabar como el hombre del martillo, debemos comprender que los pensamientos no son la realidad, sino que son opiniones aprendidas o que nos imponemos y que nos llevan al sufrimiento.

Cuando sintamos que la rabia o la paranoia nos arrebata, Byron Katie nos propone desmontarla con estas cuatro preguntas esenciales:

  1. ¿Es verdad lo que pienso?
  2. ¿Es realmente verdad lo que pienso?
  3. ¿Cómo reacciono al tener ese pensamiento?

Y la última que es la que nos lleva al cambio:

  1. ¿Quién sería yo sin ese pensamiento?

Hacernos estas simples preguntas puede obrar una gran transformación en nosotros, liberándonos de las creencias limitadoras que nos llevan a la parálisis en lugar de a la acción.