A veces me pongo a pensar cómo fue mi existencia de los 30 a los 50 años. Siempre andaba corriendo, con una agenda apretadísima que me hacía vivir bajo constante ansiedad, con la mente a mil revoluciones.

Está claro que no era feliz y que no tenía calidad de vida, aunque nos hagan creer lo contrario. Muchas personas aceptan la prisa como un estilo de vida natural, como si la prisa diera prestigio. La imagen que tenemos de un «buen profesional» es que está ocupado todo el día, corriendo sin parar.

No eres competente si no vives en la oficina de sol a sol y te llevas luego el trabajo a casa, atendiendo el teléfono móvil a todas horas, aunque tu pareja o tus hijos estén intentando contarte algo importante. El «ahora no, que tengo trabajo» sirve para justificar cualquier cosa.

Sin embargo, si miramos desde fuera a esta clase de persona, nos daremos cuenta de que hace una mala gestión de su tiempo, ya que no sabe priorizar. Y de hecho, va tan estresado que tampoco puede concentrarse en nada, ya que donde está su cuerpo no suele estar su mente.

El periodista Carlos Fresneda decía: «En el afán de acumular más y más, nuestras vidas irán a menos. Lo que ganamos por un lado, lo perdemos por muchos otros.»

¿Qué es lo que perdemos? Sobre todo calidad de vida, pero también eficacia, aunque parezca contradictorio, ya que descuidamos la salud y entonces nuestro vehículo para existir, nuestro cuerpo, empieza a hacer aguas.

Volviendo a lo que contaba al principio, al llegar a los 50 años descubrí que mi respiración era muy breve y acelerada. Raramente llegaba hasta la altura de los pulmones y nunca hasta el diafragma. Eso hacía que «hiperventilara» como se denomina técnicamente, con lo que vivía a lomos de la ansiedad, siempre al borde de un ataque de pánico o algo peor.

Tuve que sufrir un serio aviso para comprender al fin que mi calidad de vida dependería de mi respiración: cuanto más larga y profunda, mejor. Fue entonces cuando empecé a establecer prioridades en mi vida, pisé el freno y me permití vivir al margen de las prisas.

Si crees que no puedes vivir de otro modo, estás equivocado.

Todos tenemos el derecho de elegir nuestro ritmo, que puede ser frenético o bien saborear la existencia estando presente en el ocio, la familia y los amigos. Sin prisas.

La esencia del cambio que puede salvar tu vida se resume en una sola pregunta: ¿qué es importante y qué no lo es?

En la respuesta está la solución, ya que podrás dedicarle el tiempo necesario y sin prisas.

Si estoy con mis hijos dos horas, esas horas son sagradas y no hay teléfono que me haga no estar presente. Pongo en silencio el móvil o lo desconecto directamente. No contesto whatsapps, no actualizo Facebook, ni Twitter, ni Instagram, porque para mí lo principal es estar presente.

Si eres capaz de hacer eso, estás salvado.

De hecho, la vida con la que sueñas se encuentra muy cerca, justo al otro lado de las prisas.

(La prisa como estilo de vida)

Mario Reyes