Nadie se exige más a sí mismo ni es más duro con su persona que una mujer consigo misma. Haga lo que haga, casi siempre tiene la insatisfacción de que podría hacerlo mejor.

En la mayoría de hogares, la madre se levanta antes que nadie en la familia, y “tiene” que preparar todo para cuando se levanten los niños. Luego “tiene” que arreglarse —un verbo de lo más desafortunado, porque toda mujer es divina— para ir al trabajo después de dejar a los niños en el cole.

Por la tarde, pide a un pariente o a la canguro que recoja a los niños y los lleve a una actividad extraescolar, donde ella los recogerá ya muy entrada la tarde. Por el camino aprovecha para hacer las últimas compras y llegar a casa con la energía que le queda.

Aun así, la jornada no ha terminado, porque la mami “tiene” que hacer aún la comida, bañar y acostar a los niños.

¡Eso es una superheroína y no los que aparecen en los comics! Pero lo malo es que una madre es un héroe y un villano de sí mismo a la vez, ya que al acostarse se siente culpable por no haber estado con sus hijos suficiente, se culpa de verlos crecer y no poder acompañarlos más, de echar mano de la comida rápida en lugar de cocinarles con más calma y amor.

Ese sentimiento de culpa lleva a la mujer a regalar cosas a los niños, negándose todos sus méritos. ¿Cuándo empezará la mujer a reconocer su grandeza? ¿Por qué no hoy mismo?